miércoles, 4 de junio de 2008

RAMA HAMACA DE UNA HADA

Son las once y el olor de comida quemada no me obliga a levantarme con el objetivo de apagar el fuego que reseca el alimento.
Siempre me pasa, es común que se quemen mis carnes en ollas acostumbradas a escucharme rezongar cuando las limpio de vez en cuando.
Son las once y una lejana melodía se presenta a mis oídos mientras mi mente piensa en un mañana de sol nuevo, necesario a mis pulmones deseosos de respirar nuevos aires.
Son las once, aunque no soy específica porque ya los segundos pasaron silenciosos y déspotas. Tiempo que corres imperceptible, silencioso y traicionero. ¿Por qué no puedo amigarme contigo? Tiempo que te esfumas y eres el culpable de que la comida se me queme, eres el culpable de ausencias que lastiman, eres el culpable de una soledad con la que tampoco tengo amistad.
Tiempo, perdón. Sé que no eres el verdadero responsable de mis dolores, pero a alguien tengo que adjudicar todo este aire que se escapa por ventanas opacas y que me asfixia igual que el olor de la comida quemada en mi olla cuando ya son las once y diez. Once tampoco es la hora sino veintitrés de una noche que va agonizando en un primero de abril que, por lo visto, se ha convertido en una especie de musa inspiradora de un trazo que hasta hoy, primero de abril que te vas, estaba invisible en las hojas de papel.
Hada me gustaría ser para sentarme en la rama que observo en un árbol verde y fresco en las madrugadas de mi balcón. Un hada, ¿un nada? Bello juego de palabras que me hacen pensar que a veces soy una nada que se sublima en noches de velas tenues y aromas de jazmines que agotan mis sentidos hartos de sentir que soy una, incompleta.
Me pregunto, también en esta noche de comida quemada y malditos tiempos de ausencias que se esfumaron hace días, meses, años… depende desde cuándo me pongo a contar, por qué mi escritura duele tanto en sus palabras. No me gusta, pero a la vez me convence con sus argumentos definitorios de verdades que ansío hallar luego de releer mi lenguaje que pretende ser parte de la liter- altura como me gusta denominar al arte, mi arte. Que, si bien no es tan alto, me lleva arriba.
Quisiera a veces, cuando me siento a observar la madrugada, ser una hada reposada en una rama – hamaca que huele a hierba fresca y no a comida quemada de un nada que se siente hondo…

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No jures por ella...

 

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